Historia 02
Agosto, tiempo de volantines

Llegaba agosto y, con el viento Zonda en San Juan, empezaba otra época del año. Se terminaban las tardes de balitas: las manos partidas de tanto jugar comenzaban a sanar, y la mirada ya buscaba el cielo.
Había que encontrar las cañas más rectas y secas. No cualquier caña servía. Las mirábamos, las comparábamos, las doblábamos apenas con cuidado. Después venía el trabajo de verdad: cortar, atar, medir y tratar de que el volantín quedara parejo.
Las bolsas de residuos negras y las bolsas de supermercado se transformaban para volar. Con un poco de lana, una caña cruzada y mucha paciencia, aparecía un rombo o un cuadrado listo para desafiar al viento. Nuestros padres o abuelos nos enseñaban una vez. Después quedaba en nuestras manos: era nuestro ingenio, nuestras pruebas y también nuestros errores.
En el descampado comenzaban las batallas. Hilos cortados, volantines que se perdían lejos, carreras para recuperarlos y risas que no terminaban. Siempre había alguien que tenía el mejor volantín: el que subía más alto, el que aguantaba mejor el viento o el que parecía no caer nunca.
No importaba si el nylon tenía un parche, si la cola era de retazos viejos o si el hilo estaba enrollado en un simple palito. Lo importante era salir, mirar hacia arriba y sentir que esa tarde era nuestra.
Tardes de agosto en San Juan. Tardes de viento, tierra, amigos y volantines. Tardes que, sin saberlo, se quedaron para siempre en nosotros.
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La sobremesa del recuerdo
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