Historia 05
El 21 de septiembre
Así recuerdo yo los 21 de septiembre de mis años de secundaria. Seguramente cada sanjuanino los vivió a su manera y guarda una historia diferente. Esta es la que quedó en mi memoria y, quizás, también en la de algunos que compartieron aquella época.
Esperábamos el 21 de septiembre contando los días. No solo porque comenzaba la primavera, sino también porque era el Día del Estudiante y sabíamos que nos esperaba una jornada especial.
Desde temprano preparábamos las mochilas y salíamos caminando hacia el parque. El punto de encuentro era siempre el reloj. En una época sin teléfonos celulares ni mensajes para avisar dónde estábamos, alcanzaba con acordar una hora y confiar en que los demás llegarían. Aquel reloj era nuestra ubicación compartida.
Una vez reunidos, buscábamos algún lugar en el pasto donde dejar las cosas. Jugábamos al vóley, tomábamos mate y conocíamos chicos y chicas de otras escuelas. Sabíamos que cada 21 de septiembre muchos estaríamos allí y justamente por eso esperábamos tanto ese día.
También existía una ilusión especial: poder encontrarnos y pasar algunas horas con la persona que nos gustaba. A veces bastaba una conversación, una mirada o compartir un mate para sentir que aquel Día del Estudiante había sido perfecto.
En esas salidas había cosas que nunca podían faltar: las galletas con picadillo, una botella con jugo de granadina, alguna gaseosa económica, unas porciones de pizza en un táper y las mochilas con los logos de las bandas de rock de aquellos tiempos. Con eso alcanzaba para pasar un día inolvidable.
Nos íbamos temprano, siempre caminando, y regresábamos de la misma manera cuando ya había llegado la noche: cansados, despeinados y felices, después de haber pasado horas conversando, riendo y jugando.
Algunas veces el festejo también nos llevaba hasta el dique, donde se presentaban bandas y todo parecía un poco más grande. Pero ese es otro recuerdo.
Lo que permanece intacto en mi memoria son aquellas primaveras de nuestra adolescencia en el parque. Todo era tan sano que, si veíamos a algún chico encender un cigarrillo a escondidas, nos parecía una hazaña enorme, casi un acto de rebeldía.
Eran tiempos sencillos. No necesitábamos demasiado para sentir que estábamos viviendo algo extraordinario: algunos amigos, una pelota, un poco de música, un mate, galletas con picadillo, aquella inolvidable botella de granadina, la ilusión de estar cerca de quien nos gustaba y aquel reloj del parque que siempre conseguía reunirnos.
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